Dolores “Lolita” Lebrón: Eternamente bella.

Dec 1, 2010 by

Por: José “Phepe” Giraldo Abarca.

Revisando mi agenda en asuntos pendientes encontré un tema que en lo personal, me conmovió, porque el personaje que lo protagonizó fue una mujer excepcional que nunca claudicó de sus principios aun a costa de su libertad y del sacrificio de una vida en familia. Es lo que llamamos en tiempos de hoy “Una mujer con ovarios”. Una mujer  por quien siempre guarde un especial respeto y admiración porque fue consecuente hasta el fin de sus días que acaeció un 1ro.de Agosto del 2010, con sus ideas e ideales y sus deseos de una República Independiente para Puerto Rico. La Señora Dolores Lebrón Sotomayor, conocida como Lolita Lebrón. Esta bella dama nació un 19 de Noviembre de 1919 en el pueblo de Lares, Puerto Rico, fue una reconocida y activa defensora  de la Independencia puertorriqueña y conspicua militante del Partido Nacionalista de Puerto Rico. Fiel a sus convicciones un 1ro.de Marzo de 1954 en compañía de Rafael Cancel Miranda, Irving Flores y Andrés Figueroa Cordero decidieron tomar las instalaciones del Capitolio estadounidense, coincidiendo con el 1ro.de Marzo de 1917 que fue la fecha cuando los EE.UU urgidos de tropas para la Primera Guerra Mundial, implantaron la ciudadanía americana en Puerto Rico (Commonwealth) con el propósito de reclutar soldados para acudir al frente de guerra. Lolita Lebrón ratificaría después “Tuve el honor de dirigir el acto contra el Congreso de los Estados Unidos el 1ro.deMarzo de 1954, cuando nosotros demandamos la libertad para Puerto Rico y le manifestamos al mundo que nosotros somos una nación invadida, ocupada y abusada por los Estados Unidos de Norteamérica. Me siento muy orgullosa de haber actuado ese día, de haber contestado el llamado de mi patria”. Ese acto que involucró el uso de armas de fuego produjo cinco heridos, entre ellos, Alvin Bentley representante del estado de Michigan. Producido el arresto, Lolita gritaría: “! Yo no vine a matar a nadie, yo vine a morir por Puerto Rico!”. Luego de haber estado recluida en prisión durante 25 años, el presidente Jimmy Carter les concedió la amnistía a Lolita Lebrón, Irving Flores y Rafael Cancel Miranda. Antes del indulto presidencial, Andrés Figueroa Cordero moriría en prisión. El entonces gobernador de Puerto Rico, Carlos Romero Barceló, se opuso públicamente a la amnistía condenando el indulto, por considerarlo que fomentaba el “terrorismo y socavaba la seguridad pública”. El 26 de Junio del 2001, Lolita fue arrestada junto a otros activistas por haber traspasado la zona restringida en Vieques. El 19 de Julio del 2001 fue sentenciada a 60 días de carcelería por el delito de traspaso a las instalaciones de la Marina de Guerra de los Estados Unidos, en Vieques. Posteriormente, el 1ro.de Mayo del 2003, la Marina de los EE.UU se retiró de Vieques y entregó sus instalaciones al gobierno local de Puerto Rico. Hoy, 1ro.de Diciembre del 2010, formalizo mi público reconocimiento a la Sra. Dolores “Lolita” Lebrón, no sin antes agradecerle a mi amiga Damaris, una tenaz y vehemente colega de origen boricua que vive en Nueva York, por la obtencion del documento que ahora transcribo para uds, el mismo que expresa un sentimiento que deseo compartirlo. “Una relación póstuma”.

Abuela Lolita.

Al pie de un tobogán, yo esperaba entonces a Lolita Irene, tu bisnieta de cuatro años, cuando sonó el teléfono que trajo la noticia de tu muerte. Eran las 10:07 de la mañana. Caminé hasta un banco y me senté con la idea de que cuando había despertado esa misma mañana, tú estabas viva. Ya no lo estabas más. No pude reunir a esas dos personas en mi pensamiento. Tú. Allí estabas, en ese recorte de periódico amarillento que mi madre había pegado dentro de su armario. Tú. Allí estabas en 1954, frente al Capitolio de los Estados Unidos, esposada, con la mirada pérdida, de pie, con dos policías que, para escoltarte, te halaban los brazos hacia atrás. Tú. Allí estabas, en primer plano, tu mejilla contra la de tu hija, en una de sus visitas a la Alderson’s Women’s Prison. Tú. Allí estabas, en 1977, poniéndole un rosario sobre el ataúd. Me envolviste en una bandera de Puerto Rico y me posaste sobre tu falda, poco antes de que los agentes federales te devolviesen a tu celda. Tú. Allí estabas, a los sesenta años, duchándote en tu apartamento de San Juan, después de veinticinco años de encarcelamiento. Mientras, yo te esperaba en el pasillo y leía tus poemas. Tenía trece años. Tú. Me felicitabas por mi decisión de estudiar ciencias políticas en la universidad. También me colgabas el teléfono cuando te hablaba del libro que quería escribir. Me decías que el movimiento nunca me lo perdonaría. Te suplicaba que reconocieras que al ser tu única nieta, yo también era parte de tu familia. Al infierno con el movimiento. Declarabas entonces que el pueblo de Puerto Rico era tu familia y que tú misma eras el movimiento. Tú. Allí estabas, en mi boda, en el 2003, después de una década de silencio entre nosotras. Ofrecías el brindis afirmando que la lucha por la independencia de una nación era ardua, que los revolucionarios sufrían, que sus familias también sufrían, que tú habías perdido a un hijo y a una hija a causa de ella, que yo había perdido a mi madre a causa de ella, pero que todos teníamos algo que celebrar en ese momento en que mis lágrimas al fin se habían secado. Tú. Allí estabas, con la mano temblorosa extendida, apuntando hacia mí. Yo. Todavía envuelta en llanto, deseando que no hablases más.

Cuando Loretta y Lolita me llamaron desde sus bicicletas, listas para seguir sus juegos, vi que Loretta se encontraba lejos, que se hallaba otra vez en tu cama. Era un día del año 2005. Decías que se parecía mucho a mi madre y le dabas la bienvenida a su piel más canela, más oscura. Levanté en ese momento a Loretta para mostrártela por la ventana del carro y tú levantaste la mano para posarla en tu corazón y decirnos adiós. Fue la última vez que te vimos. Repetidas veces me he refugiado tras tus actos de resistencia y rebelión a lo largo de mi vida. A veces ha sido simplemente para amortiguar mi pena, otras, para explicarme ese mismo dolor, para identificarlo como el precio a pagar cuando un pueblo construye un mito. Sin embargo, es ahora, justo cuando te has ido, que al fin he podido ver más claramente cada una de las maneras en que al marcar mi vida la has redimido. Nunca es recto el camino que lleva de una gran pérdida al consuelo de la recuperación. Éste implica en muchas ocasiones una caricia en un buen momento, aunque ese momento se haya dado hace ya veinte años. Pero más que nada, me parece que rehacerse requiere de una historia, de narrarse el relato correcto. La historia de tu compromiso intachable con la independencia de un país —se esté de acuerdo o no con la lucha armada como manera para lograrla— y la historia de tu propia supervivencia, le ofrecieron pruebas concretas a mi corazón maduro de lo que es la fuerza, de lo que es la verdadera resistencia de una mujer. A pesar de haberme abandonado casi completamente a la depresión y a la automutilación en esos años terribles, me consta que pude salir a flote de ellas gracias en gran parte a esas certezas que me revelaste. Tus actos fueron todos unos gritos de autodeterminación. Tu historia creció en mí para nutrir mi humanidad. Tu historia me expuso a una suerte de precepto socrático que me llevó a reflexionar analíticamente acerca de nuestra condición humana. Tu historia me permitió al fin verme como un ser ligado a todos los demás seres con lazos de inquietud. Hasta cierto punto fuiste la armadura épica de esa educación liberal que recibí y que hizo de mí una ciudadana del mundo, un ser cuyas penas, cuyas obsesiones y payasadas no representaban realmente nada ante las grandes y duras realidades de la humanidad. Tu historia me permitió conectarme con los demás, me arrancó de mi sueño o más bien de mi animación suspendida para minar de una vez mi aislamiento. Ahora sé que fue precisamente este legado intenso el que me ayudó primero a buscar terapia y luego a soportarla, el mismo que me enseñó a poner fin a mis relaciones tóxicas para realizar mi sueño de un día ser madre, pero una madre sin trauma, sin neurosis. La noche después de tu entierro, me quedé mirando un retrato en el que estabas tú con Loretta sentada sobre tu falda. La pena al fin se había topado conmigo. “¿Quién es?”, preguntó la pequeña Lolita, uniéndose a Loretta, que sentada sobre mis piernas observaba atenta mis lágrimas. “Es Lolita Lebrón”, le respondí. “Es la madre de mi madre, lo que quiere decir que es tu bisabuela”. A sus cuatro años Lolita preguntó “¿Es la que es como Chico Méndez, verdad mamá? Tú nos explicaste eso en la escuela”. “Y la que es como Juana de Arco”, murmuró Loretta. “Sí”, les respondí, “es como ellos, y ser heroico es algo muy difícil. Cuando se decide tener una vida heroica no se puede tener nada más, ni siquiera una familia. Ella quiso ser una heroína para poder dar, o tal vez para poder soñar que les daba algo a los demás”. Hasta hace poco, yo me habría tragado esas palabras como un falso premio de consolación, como una muletilla hecha de cobardía para poder idealizar y disfrazar de romanticismo lo que es en realidad tremendamente doloroso. Pero ya no hago esto. Al perder a mi madre y ahora al perderte a ti, mis hermanos Ildefonso y José, Loretta, Lolita y yo nos hemos convertido en la única conexión viva que existe con un linaje que nunca hemos podido comprender en su totalidad. Esta sentidas expresiones fueron el tributo póstumo de Irene Vilar a su abuelita Lolita. A nuestra amiga Eva Padilla, con el aprecio y cariño de siempre, ¡Tarea cumplida!

Fuente: El Diario NY.

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