“El Gato” Barbieri: El irrepetible genio del saxo; descansa en paz.

Apr 13, 2016 by

Por: José “Phepe” Giraldo Abarca.

Un día como hoy, 13 de Abril, nació mi hijo José Felipe Jr. conocido por familiares y amigos como Lipe. Un día como hoy, me entero por el periódico de la muerte de un músico a quien tuve el honor y placer de conocer personalmente, Leonardo “Gato” Barbieri. Un músico que me cautivó por su personal estilo de tocar el saxo. Allá por los 80′ mi hermano Willy que vive en los EE.UU, me regalo un CD que contenía la música del Gato Barbieri, y una canción en particular atrajo mi atención y mi eterna admiración, “Europa”, una canción que es autoría de otro genial músico latino. El Señor Carlos Santana. De allí en adelante, no hay tema interpretado por el saxo del Gato que no me haya dejado de impresionar. I want you, Fiesta, Michelle, Granada, Milonga triste, Mystica, Blue Gala y otros. Toca el saxo como los dioses, nadie alcanza las notas con tanto sentimiento como él, un tono desgarrado, profundo y largo, prodigio musical que nos abandonó en la tierra, pero que nos acompañará por lo que nos resta de vida. Leonardo Barbieri a finales de la década del cincuenta, era una figura conocida en los clubes de jazz y por su actitud silenciosa y escurridiza, fue bautizado El Gato. El siguiente es un extracto de una entrevista que El Gato Barbieri ofreciera al periódico La Nación. “En un departamento un poco desordenado, donde hay muchísimos discos, dos saxos en sus estuches, un piano que no funciona, varias fotografías -en dos de las cuales aparece Bill Clinton, una de ellas colgada en la sala de estar y la otra en el baño-, paredes con una capa de pintura gris un poco desprolija y sin terminar y una mesa atiborrada de píldoras y medicamentos, está él. Leandro Barbieri. Más conocido como el Gato. Está vestido con un jogging negro de Adidas y hace un gran esfuerzo por mirar el partido de fútbol que pasan por la televisión, ya que se ha quedado casi ciego, a causa de una degeneración macular. Tiene puesta una remera roja, anteojos y una cadenita con caballos colgando. Su perfil es parecido al de don Vito Corleone, el personaje de la película El Padrino; también al de un típico porteño. Pero no es arrogante. Al contrario. Faltan pocos días para el concierto que brindará en el Club de Jazz Blue Note, empero el cuerpo de Gato, bajo la luz cálida y hogareña que entra por la ventana, podría ser el de cualquier señor de 82 años. Pensar que ese cuerpo que se hunde en el sillón hoy fue el mismo que fotografió desnudo Alicia D’ Amico, en 1971.

gillespiEs categórico, dice: “Me voy a morir en tres o cuatro años”. ¿Por qué toca hoy en día? Voy a tocar porque precisamos dinero -responde al instante, sin necesidad de reflexión. “Nunca fui un business man, ¿me entendés?”. Lo dice como si estuviese hablando consigo mismo, como si hiciera un mea culpa. Laura Ryndak, su actual mujer, norteamericana, veinticinco años más joven que él, contará más tarde que desde hace unos años debió retomar su trabajo como físico-terapeuta. Sin embargo, la ubicación privilegiada del departamento que alquilan, justo enfrente del Central Park, parece contradecir sus dichos sobre su situación económica. Según Gato, el público ya no compra sus discos tanto como antes. “Hay tanta música alrededor, darling, todo ha cambiado. Con mis discos de la década del 70, 80 y 90 hice mucha plata, pero ahora hay otra música. Y mucha es mala.. Antes había más melodía, cosas maravillosas..”. Además del dinero que recibe por la venta de los cincuenta discos que grabó durante su carrera, Gato cobra cada vez que pasan en cine o televisión las películas cuya banda sonora él compuso (las de Bernardo Bertolucci, por ejemplo) y también cuando transmiten sus temas por la radio. Pero la plata que le envía Broadcast Music Inc. (BMI), recaudador de los derechos de difusión de músicos en Estados Unidos, fue disminuyendo. Es muy duro lo que estoy haciendo ahora. Ser ciego, no hablar bien el inglés. Estoy con pocos dientes. Es un problema lo de los dientes. Unos los perdí, los otros se los comió el perro, hijo de puta. Sí, sí, yo sé que fue él -dice, y señala el perro, de raza japonesa Shiba Inu, que circula por el living. Dice que no le gusta el perro porque es demasiado cariñoso. Pero Laura lo necesita como asistencia emocional, luego de dos depresiones que sufrió. Gato abre una pequeña lata y me ofrece una pastilla Grether’s de arándano que él come a menudo porque se le seca la boca. Son su debilidad. Para que su maquinaria de recitales, contratos y relaciones públicas siga funcionando, Gato Barbieri siempre dependió de sus mujeres. En ese sentido, su primera esposa, Michelle, la italiana, era ideal. Fue ella quien empujó a Gato a cambiar Buenos Aires por Roma, en 1962. En esa ciudad, ella le presentó a la clase alta italiana y también lo puso en contacto con grandes celebridades del mundo artístico como Bertolucci y Don Cherry. Laura cumple ahora ese rol. Cuenta como la conoció. De vuelta en Nueva York, él llamó a Laura para contarle que había muerto su esposa y que sufría de ataques de angustia. Laura le recomendó que fuera a ver a un médico. A los pocos meses, lo operaron del corazón. Ese mismo año, Laura se mudó a Nueva York para ayudarlo con su recuperación. Al poco tiempo se casaron y tuvieron un hijo, llamado Christian. Y él, con más de sesenta años, se convirtió en padre por primera vez. Con respecto a las barreras del idioma en la familia, Laura dice, en tono de chiste: “We get along” (“Nos llevamos bien”). Pero El Gato exagera. Con el inglés se defiende más que bien. He vendido muchos instrumentos. ¿Por qué los vendió?.

blue noteTenía un Selmer de oro..¿Y por qué los vendió?. Tomaba cocaína y me fui quedando sin dinero muchas veces. ¿Se arrepiente? Nada. Es parte de nuestra vida, ¿no? Hay pocos que han ganado dinero. Creo que Miles Davis, John Coltrane, en su época, pero murió muy joven. Eso: los famosos. El resto siempre así -y hace un gesto con la mano queriendo decir más o menos, o también, que a veces con altos, y otras veces, con bajos. Por los altoparlantes del Blue Note Jazz Club, este club de jazz donde no cabe ni un alfiler, le dan la bienvenida. Todas las mesas, dispuestas muy juntas unas de otras, como si fuera un Tetris, apenas dejan estrechos pasadizos por donde las camareras circulan para servir comida y tragos al público. Con la performance que está por comenzar, Blue Note cierra el Festival de Jazz del año. Ese que está por tocar en uno de los clubes de jazz más famosos del mundo nació en 1932 en Rosario, Santa Fe, Argentina, donde excepto prostíbulos, no había mucha vida nocturna, según él mismo relata. Ese que está por subir al escenario rodeado de gente dejó la escuela en sexto grado porque era tartamudo y tenía dificultades para expresarse y se avergonzaba cuando debía pasar al frente. Y ahí está el Gato. Ahora todo el público aplaude a esta leyenda del jazz que camina a pasos cortos, guiado por su hijo Christian. Adelante de ambos va Gerald, un alumno y amigo del músico, que lleva su saxofón, un Selmer dorado. Como no podía faltar, el penúltimo tema que toca es ese que el público siempre le pide, y que escribió e interpretó para la película de Bernardo Bertolucci, en 1972: “El último tango en París”, encargo que hasta Astor Piazzolla envidió, y que le valió un Grammy. En el centro del escenario, con una banda con la que toca por primera vez, y sin que se noten sus ocho décadas vividas, cierra los ojos y Gato aúlla esa música sensual y desgarradora. La vestimenta, fiel al estilo del compositor, incluye un sombrero de ala ancha y una chalina blanca. Ya en su camarín, se abre la puerta y entra una horda de gente excitada, con regalos, flashes y felicitaciones. Uno le entrega al Gato un retrato del músico, en tonos rojos, pintado por él. “Perdóname, ¿cómo me dijiste que era tu nombre?”, pregunta antes de escribir una dedicatoria. Atiende a todos. Charla. Agradece. A todos responde que sí cuando le piden una foto, un saludo o lo que sea. El cuarto, ahora lleno de gente, parece aún más pequeño. Entran unos argentinos y le hablan de su querido Club Atlético Newell’s Old Boys. Él sonríe. Chiste va, chiste viene. Disimula bien su cansancio. Acaba de terminar el show de las ocho de la noche, pero aún queda el de las diez y media. Unos días antes del show en Blue Note habíamos realizado la entrevista en su casa. Ya cuando estábamos por cerrar, y justo antes de una caminata por el Central Park, una pregunta más, un poco capciosa: ¿Qué se siente ser el número uno en la historia del jazz de la Argentina? Bueno, sí, también está Lalo Schifrin, aunque él hace otra cosa. Pero yo siempre fui así.. tratando de mejorar, de arreglar mis saxofones que son viejos pero buenos, muy delicados.-¿Y cómo le gustaría ser recordado? Oh no, eso no me importa”. Ahora, escuchémosle interpretar el tema que lo catapultó a la fama. “El último tango en Paris ” el soundtrack de la película del mismo nombre. Música celestial que te asciende al mundo de los dioses. Te enamora y sensibiliza como ningún otro músico. Gracias por todo lo que nos regalaste. Que Dios te tenga a su lado, para que lo arrulles y acaricies con lo mágico y lo irrepetible de tu saxo. Phepe.

Related Posts

Tags

Share This

ladrillera lima

Leave a Comment